domingo, 23 de junio de 2013

Profunda reflexión sobre los lípidos

Todos me insultan últimamente, hasta esa maceta desgastada está insultándome ahora mismo desde su patética esquina. Y para colmo mi padre me ha dado un bolígrafo que no escribe (claro, si no me lo hubiera prestado). ¿Qué horrible burla es ésta? ¿Cómo quiere que me desahogue por haberme llamado gorda? Dijo que iba a ponerme a dieta, como si yo fuera una especie de melocotón o chimpancé o una mascota cualquiera. A mí, que peso cuarenta y ocho kilos. Lo único que se me ocurre es que quiere que desaparezca.
-Se acabó eso de los bollos y el chocolate – dijo.
-¡Acábate tú y déjame en paz!
Por nada del mundo dejaría el chocolate, antes me corto un pie.
Mi hermana también dijo que estoy echando barriga. Y ni siquiera soy una mujer casada y lo de mujer es un título que muchos, como mi padre, cuestionarían.
¡Qué más quisiera yo no tener la menstruación y poder rascarme los huevos tranquilamente! Y decir: “Pues aquí, rascándome los huevos.”
Me pregunto si aun estando gorda conseguiré follar o tendré que ser simpática. Prefiero aceptar esto a ser partícipe de cualquier dieta que no incluya pasteles entre sus alimentos.
¡Que me parta un rayo un trozo de tarta! Una cacerola, un limón. Es la hora del té (8) Trae unas pastas, Mari Tere, que se nos van los invitados de esta fiesta sin igual. Tralarí, tralará.
Solo quiero demostrar que soy feliz así, aunque solo sea un poco. Soy una persona sana. Soy una persona y exijo respeto y libertad de michelines. ¿Qué sabéis si llevo cuatro días sin cagar o estoy embarazada? Ni siquiera yo sé cuántos días llevo sin cagar, si es que llevo alguno.
Insultadme, sí, pero con azúcar, para que me lo pueda comer.
Si mi madre supiera que me llaman gorda pondría el grito en el cielo y su buen Dios no le escucharía. Y puede que hiciera más comida a propósito o simplemente comida. Comida rica. Estoy pensando en comida y ahora mismo me comería un kilo entero de patatas fritas, finas y tostadas, crujientes, mmmm… ¡Ah, el dulce-salado-ácido-amargo sabor de la comida! Si fuese menos vaga sería cocinera, y si fuera rica contrataría a muchos cocineros para que me hicieran de comer. Cosas de calidad, con los nutrientes necesarios y todo eso.
Pero no os confundáis, esto no significa que mi madre me quiera, es solo que las madres se niegan a admitir en público cualquier cosa de sus hijos que consideren un defecto, y menos aún permiten que se hagan comentarios al respecto.
-Su hijo falta siempre a clase y es muy conflictivo. El otro día trajo una caca de perro y la restregó por el pupitre del profesor.
-¡Eso es imposible! Habrá faltado una o dos veces, pero le aseguro que mi hijo no haría jamás algo así; es una persona decente, y si lo hizo sus buenas razones tendría. ¿No será aquel profesor que le odia tanto? El que le suspendió matemáticas injustamente, ese. Seguro que él se lo inventó. ¡Una caca de perro! Por favor, me niego a creer que mi niño hiciera algo así. ¡Me van a oír! ¡Acusar a mi hijo solo por tener más dificultades que los demás para concentrarse! ¡A un pobre niño que hace unos pocos meses estaba en la cuna…!
Lo que acaban de ver es un ejemplo sobre lo que una madre cualquiera haría por su hijo. Las madres, esos seres con tanta imaginación. Mi madre me dice que escriba un libro, ¡como si los libros no estuvieran ya escritos! Yo no tengo nada que decir que no se haya dicho ya, nadie tiene nada que decir que no se haya dicho ya, aunque algunos lo intenten de forma diferente.
Como iba diciendo, hasta mi madre me odia y me insulta. Me acusa de ser una mala persona, un demonio nacido de las mismas entrañas de la tierra. Un demonio malhablado, irrespetuoso, tira-eructos, tira-pedos, un demonio no-planchador-de-ropa, no-limpiador-de-platos, no-fregador-de-suelos. Si mi madre se encontrase con un ser rojo, peludo y con una larga cola y un tridente estoy segura de que preguntaría: “¿Hija, eres tú?” y seguidamente añadiría “¡Mira cómo está la casa!” o algo parecido. Mi madre podría acusarme de haber asesinado su dignidad, pero jamás de estar gorda. 
Yo camino por la calle y tengo que mirar a la gente y sonreír para fingir que no estoy pensando en comida o deseando encontrar una tienda en la que entrar para atiborrarme de gominolas y guarrerías. De todas las formas y colores. Pero no creáis que una vez saciada cesa mi deseo, no; nada más terminar ya estoy pensando en la comida oficial más cercana (comida, merienda, cena...) y preguntándome si resistiré tanto tiempo. Muchas veces, de madrugada, me he despertado deseando comer algo que no había en casa y he bajado al supermercado con una manta y un cartón a esperar a que abrieran para poder comprarlo a primera hora. Nadie me lo iba a quitar, ni mucho menos, pero tal es mi necesidad que a veces caigo en lo irracional. 
Por eso, a pesar de mi bajo peso, no me duele que me llamen gorda e incluso lo acepto con resignación. Porque soy una persona responsable y consecuente con mis actos, y la vida es dura como un trozo de regaliz pasado. 

(Estoy convencida de que esta amable señora me comprende.)

1 comentario:

  1. Me gustó esta entrada, desorganizada y alocada, con momentos divertidos y reflexiones hilarantes.

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