miércoles, 26 de junio de 2013

Atraco a mano armada

-¡Dónde están los veinte mil euros!
-¡No tengo nada, no tengo nada!
El hombre se debatía entre llorar o gritar. Le habían atado las manos y las piernas con un par de cables que le cortaban la circulación. Le habían dado una patada en las costillas y pegado con el palo de la escoba. Un chico mucho más joven que él le vigilaba apuntándole con una pistola mientras los demás registraban la casa. Era grande, el último chalet de la urbanización. Los atracadores aún no habían encontrado el dinero que buscaban, tan solo unas monedas en el bote de la cocina, lo que al hombre le sobraba después de comprar el pan. Cada vez estaban más furiosos, no entendían por qué el viejo no hablaba. En el pueblo se decía que tenía veinte mil, serían suyos. Veinte mil entre cuatro eran cinco mil para cada uno, no estaba mal. De momento no temían que llegara la policía porque se habían cuidado de que no hubiera ningún vecino cercano en casa. Nadie les había visto entrar y por mucho que gritaran nadie les oiría.
-¡DÓNDE ESTÁN, HIJO DE PUTA!
Otra patada en las costillas.
-¡Arriba, arriba!
El hombre lloraba.
-¡Dejad la planta baja, están arriba! ¿Me oís? – gritaba el más grande de ellos.
Él mismo se adelantó escaleras arriba antes de que las dos chicas llegaran. Eran unas mujeres inútiles, él lo haría mejor. Y con un poco de suerte encontraría más dinero y se lo quedaría, nada de repartir. Al final de los escalones, que subió de dos en dos, se topó con una puerta grande de metal que parecía de una caja fuerte. Allí estaban, ¿cómo no lo habían visto antes? No vio que tuviera contraseña ni llave, así que giró el pomo.
Las chicas habían empezado a subir y le alcanzaron justo a tiempo para ver lo que había tras la puerta. Les azotaron olores y sonidos muy extraños, y al abrirse del todo pudieron observar de qué se trataba: patos. Una gran estancia llena de patos: sin duda había veinte mil. Estaba muy iluminada, el techo era de cristal, y los patos graznaban, comían, bebían, dormían y caminaban graciosamente. Eran pequeñitos y amarillos, medianos, o grandes y blancos. No podían creerlo, era una especie de broma. Alguien se había querido reír de ellos, no podía ser que fueran tan estúpidos.
-¿Qué coño es esto?
-Creo que son patos – respondió la chica rubia.
-Ya lo sé, imbécil.
Bajó las escaleras tan rápido como las había subido y se dirigió amablemente al hombre que yacía en el suelo.
-¿Estos eran los veinte mil?
Asintió lentamente.
-¡Veinte mil patos! ¡Veinte mil putos patos! Estás pirado, eres un puto enfermo, ¿ME PUEDES EXPLICAR QUE HACES CON TANTOS PATOS EN UNA CASA?
Empezó a pegarle para descargar su frustración mientras los otros le miraban sin decir nada.
-Vámonos- dijo finalmente-. ¿Qué haces con eso? – Preguntó a una de las chicas, la más fea.
-Por lo menos tendremos algo para comer.
Había cogido un pato y lo llevaba bajo el brazo. El animal miraba fijamente a algún sitio sin parpadear. Parecía feliz, ajeno a cuál iba a ser su destino.
Los atracadores se fueron y quedó el dueño de la casa allí tirado, casi inconsciente. Como se habían dejado la puerta abierta los patos salieron, bajaron las escaleras, la mayoría rodando, y empezaron a rodearle y subirse por encima. Algunos le picoteaban los cables. 

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